Un espacio donde el recuerdo se hace consciente, donde el pasado, presente y futuro entran en conjunción y la estulticia es la amante de la razón.

martes, 8 de mayo de 2012

Memento mori, memento vivere.


“No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante.
Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre.”

-        Stefan Zweig

El lento y estruendoso segundero no lograba castigar mi paciencia. El vigilante reloj me observaba como un implacable centinela que buscaba burlarse de mi; decidí entonces retribuirle toda mi serenidad a cambio de su crueldad. Había esperado por más de dos horas semidesnudo una pequeña bata, la cual años atrás me hubiera horrorizado al sentir que me uniformaba para la muerte, a que el umbral de media tonelada y generosamente nutrido de plomo me ofreciera su eventual y tenebrosa apertura. Aun así, los años, mi experiencia particular, y el tutelaje simbólico y constante del ángel de la muerte hicieron mía una serenidad en ese entorno clínico que disfraza las angustias en pulcritud aséptica, pero que de ningún modo puede ocultar su frialdad, que al igual que el invierno compele inescapablemente a la reflexión.

Tras la incertidumbre de la llamada ausente y notoriamente dilatada, me vi entonces rasguñando espontáneamente con mi pulgar derecho la calcomanía ya maltrecha de la llave de mi casillero, replicando casi que arquetipalmente la ansiedad de aquellos que con el paso sucesivo de lo incierto se habían encargado de darle un final paulatino, e insospechadamente compartido, a ese ya desvanecido y moribundo número “9”.

Mi conocido monologo interno inició entonces un proceso de autoconvencimiento,  y sucesivamente invocaba la sabiduría Platónica augurando el peor de los escenarios. – “Filósofo es quien se prepara para la muerte”, “filósofo es quien se prepara para la muerte”, “filósofo es quien…- repetía para mi mismo buscando un atisbo de virtud, una causa última, y el cariño que mí naturaleza emancipada y desapegada castraba certeramente en mi no aceptado estoicismo perverso, perfeccionismo y autoexigencia. La soledad había aprendido a celarme con el ahínco de una amante maniaca… y yo había aprendido a disfrutarlo, e  incluso amarla de vuelta.

Dejé escapar entonces un largo suspiro por la mujer que tras varios meses había puesto a prueba mi paciencia, cariño y virtud, y para bien o para mal, le agradecí y extrañé. Luego imaginé cuanto me hubiera gustado verla tras el vaivén de aquella puerta de salida, una vez  terminara el nefasto examen petrificador, para compartir con ella las noticias inciertas, alentadoras o desafiantes, de su resultado. Entonces sentí el pesado espíritu del tiempo rindiéndome cuentas por lo que se hace y lo que se deja de hacer; e inervó en mí el cuestionamiento de si a pesar de ser mi primer y último pensamiento del día, merecía tal vez el último fragmento de mi vida. Me di cuenta que la quería en su brillantez salpicada de locura, y  en su genialidad mancillada a veces de idiotez.  Había visto lo mejor y lo peor de su naturaleza, pero tristemente me había privado de sus intermedios, y el lado más humano que ni ella terminaba de aceptar.

Nuevamente suspiré.

Entre los espectros que circulaban fugazmente  frente a mí con la misma investidura etérea y color “gris clínico”, deambuló entonces un personaje atemporal y andrógeno: algunas arrugas surcaban benignamente su rostro, pero la pañoleta amarilla sembrada de flores fucsias que ocultaba torpemente su carencia de pelo, y la sonrisa que me dedicó una vez se sentó a mi lado, me revelaron un espíritu en plena flor de la infancia. –Menos mal este fue el último. Llevo 6 horas en exámenes- mencionó mientras se acomodaba el catéter de su muñeca, ya sin el isótopo radiactivo,  sin revelar de ningún modo la gravidez de su esperado cansancio. Sonreí a su simpatía y a su resiliencia, mientras para mis adentros me sorprendía contemplar tanta vida en un escenario tan estéril y fantasmal.

De repente se abrió aquella pesada puerta, la cual no podía albergar en su coraza más advertencias en un amenazante rojo, coronándolas a su vez con las fácilmente divisables siglas M.R (Magnetic Resonance). Entonces nuestras miradas se clavaron en la camilla que emergió de aquellas oscuras fauces, levitando a una joven de 17 años cuya expresión de tristeza transpiraba más antigüedad y taciturnidad que la de ambos contempladores juntos. Su cuerpo cansado por el dolor era penetrado por sondas más parecidas a voraces y descomunales anélidos. Observamos todo el trayecto que dejaba tras de sí una densa estela de insoportable melancolía y tragedia, hasta que el impacto y el subsecuente ir y venir de las puertas blancas borró su rastro mágicamente, tal como si se hubiera tratado de una breve, triste y macabra ensoñación.

Una voz insistente rompió aquel tenebroso conjuro y me arrebató de mi mesmerismo, entonces me percaté que en todo ese tiempo una enfermera había estado tratando de captar mi atención para explicarme mi represamiento en la larga espera. - Le agradecemos su paciencia señor Arango, tuvimos que atender una urgencia, y aun así tras varios intentos nos fue imposible tomarle la resonancia a la paciente que acaba de ver salir. Pronto le solicitaremos que continúe- afirmó con una expresión de cordialidad poseída por una triste frustración.

A merced de mi compostura quise olvidar lo visto, sin embargo repetí en mi mente toda la escena, como si se tratara de un carruaje del Hades que desaparecía luego en algo que quería creer como la inmensidad. Pensé entonces que era el único absorto en esta terapia de choque, sin embargo el acontecimiento no había pasado desapercibido para ninguno de los presentes, y entre los proliferativos cuchicheos, las expresiones de terror acompañadas de persignaciones y el toque de la madera, vislumbré que una mirada tierna, preocupada y con pestañas dibujadas se había anclado en mí.

La niña anciana se había percatado del efecto entrópico y devastador de aquella aparición, entonces en su mejor intento de revivir la perdida esperanza me tomó de la mano sin miedo alguno, e insuflando coraje en la oscura desolación compartió la recompensa de su estoicismo y fortaleza conmigo: - Me fue muy bien en mis exámenes, creo que voy a vivir!-.  Sus ojos estaban cristalizados y brillaban con una fuerza inexplicable, y la sinceridad de su sonrisa me hacía auténticamente participe de su felicidad, aun sin conocerme y hermanados tan sólo por la empatía.

Tras una existencia y cotidianidad acostumbrada a lidiar con los problemas de los demás, el hecho de que una persona cuya vida se bate en lo incierto me entregara su esperanza, cuando debería haber sido yo el que desterrara sus preocupaciones, me inundó los ojos de lágrimas. Entonces apreté su mano con fuerza y dulzura, y de mi interioridad escapó el único mensaje sincero que podía darle: -No sé como te llamas, ni quien eres, ni  tampoco que has hecho o que has dejado de hacer… pero si alguien merece vivir, esa persona eres tú-. 

Me levanté lentamente, atendiendo el distante llamado de la enfermera que sólo fue un eco reconocible en una escena congelada en el tiempo, y mientras nuestras manos se separaban vi las lágrimas que ella tampoco pudo contener. Finalmente, expresiva y dulce como una niña sorprendida musitó suavemente y con un cariño indescriptible – Mucha suerte-.

Así pues, mientras le daba la espalda a ese incognito ser,  me secaba los ojos toscamente  y caminé  firme y digno a aquel arco de doble puerta que encarnaba un digno acceso al inframundo. Como si se tratase de una epifanía transfiguradora del espíritu, marché guerrero a la oscuridad de lo improbable y desconocido, recordando a cierta persona que alguna vez afirmó que “si convocas a los ángeles y a los demonios, no te sorprendas si aparecen como personas en tú vida”. Entonces dedique a su autor mi última sonrisa.

Mientras mi silueta se desvanecía en la ausencia de iluminación del cuarto que parecía tragarme, reafirmé mi creencia de que así como la luz se resguarda en la oscuridad, en la muerte mora la vida.

En la muerte mora la vida.