“Ethos Anthopos Daimon” (El carácter del hombre es su destino)
- Heraklitos
La pasividad es un estado que se rebela a la inercia del universo, por lo que definitivamente coincido con Sócrates acerca de la vitalidad del ocio en el desarrollo del pensamiento, siendo este último una actividad peligrosa y de sumo antagonismo a la naturaleza instintual y del letargo protector de la consciencia. Es irónico que aquello que la sociedad, e incluso la naturaleza humana condena, desprecia y margina sea el abono de la cognición y la consciencia: El ocio, la frustración, la violencia, la ansiedad, la tristeza, la rutina, la muerte y el dolor en no pocas ocasiones se presentan como leviatanes que enriquecen el mundo interno, y que nos devoran con la misma esencia del despertar: los cuestionamientos.
El esperar pacientemente llamadas que no llegan, oportunidades que no florecen, sentimientos que no emanan y la tal vez perdida redención de la diosa Fortuna, me han vuelto particularmente atento a un entorno tan árido en el mundo objetal, como rico en el análisis particular de mi relación con el mundo. Así pues, en una rutina aparentemente vacía se ha venido gestando una fuerza desconocida para ir comprendiendo como las pequeñas costumbres van configurando gigantescas facultades, de las cuales uno no comprende toda su magnitud al haberlas adquirido como aquel reptil de sangre fría que se calienta al sol: en paulatina progresión.
Los hábitos configuran la realidad, por eso no es sorprendente que la gente que posee más riesgo para perder el juicio objetivo del entorno (o seamos crudos y digamos abiertamente psicosis), se ciernan a la obsesión compulsiva y ritualista como ganchos que les impiden naufragar en las seductoras fantasías del inconsciente, y de aquel monstruo que vorazmente obedece al principio del placer, del narcisismo y de las proyecciones.
Las rutinas dotan de continuidad al psiquismo, aunque preferiría referirme a ellas como hábitos en donde existe cierta flexibilidad que no congele del todo en la monotonía neurótica. Protectoras y encarcelantes, funcionan como crisálidas que tienen la particularidad de mostrarles a los demás lo que somos, y de diferenciarnos cuantitativamente, pero sobre todo, cualitativamente. El lector hábil ya se habrá dado cuenta de su carácter primordial en la construcción de lo que algunos psicólogos llaman identidad.
Cierta persona me dijo alguna vez: “Si una persona finge ser generosa demasiado tiempo, eventualmente lo será”. Confieso que contemplé con escepticismo esa premisa, partiendo del carácter consustancial del alma. Sin embargo nos construimos en tantas dimensiones, que no es descabellado ver cómo las mismas mascaras terminan por modificar el núcleo del alma, del mismo que las conductas modifican estructuras biológicas. Ya es un hecho científico que el cerebro está sometido a la misma entropía celular, y se renueva y muere a cada segundo, legando una estructura casi que única a cada mañana. Nada, absolutamente nada en el plano físico escapa al principio de Heraklitos del devenir.
Como última reflexión, y como buena noticia, he notado que el temido tiempo (siendo una conocida cara de la muerte), es un indiscutible aliado de los hábitos. Su progresión va revelando recompensas a veces valoradas por el consenso, a veces sólo por aquella autoconciencia que se alegra en la diferenciación y en la noción de destino y rumbo. Aún así, el éxito es sólo éxito si todavía queda mucho por hacer. Así pues, esta noche pude mirar atrás para ver como pequeñas pinceladas han venido formando a una persona del mismo modo que un cuadro impresionista.
Cuiden sus palabras, cuiden sus actos, cuiden su hábitos… irremediablemente ellos hablaran por ustedes más contundentemente que cualquier otra cosa.