Un espacio donde el recuerdo se hace consciente, donde el pasado, presente y futuro entran en conjunción y la estulticia es la amante de la razón.

lunes, 19 de diciembre de 2011

De la delgada linea entre enfermedad mental y estupidez.

“La estupidez es una enfermedad maravillosa;

todo el mundo se da cuenta de su existencia

menos el que la padece”

- Voltaire

La barrera entre la ignorancia y la sabiduría es muy tenue; como todo fenómeno digno de virtud siempre va a implicar y depender de una decisión, y también de una respuesta ante la adversidad, ya sea esta revestida del dolor, de la angustia, de la traición, de la desilusión, de la tristeza, o meramente de la inconformidad. En lo práctico, sólo el sentido personal, la utilidad y la inspiración es lo que separa a las palabras de ser vulgares telarañas o santuarios de la verdad; a un beso de ser una falsa chispa o el principio de la incandescencia; y a la atención de ser un superfluo protocolo o el bálsamo para el alma del que padece o del que busca inspiración. Los humanos han aprendido demasiado bien a esgrimir fatales máscaras de virtud… tal vez demasiado bien.

(Por fortuna el infierno es una excelente universidad.)

Así pues, el tiempo, la resolución del pathos y el conectarse con la interioridad van resquebrajando el sentido opaco, memético e incuestionado de las emociones al explorar la diversidad de sus matices y expresiones (veraces y pueriles). Es entonces cuando notamos la autenticidad de la virtud o su carácter fraudulento tras una pesada máscara instalada por el miedo. Sin embargo, ¿de donde emerge esta nefasta y grávida emoción? La experiencia me ha revelado que hay heridas en el alma que pueden llegar hasta el grado de no retorno y poseer a la consciencia con la misma implacabilidad de un cáncer; hay experiencias a veces fugaces como una explosión que dan génesis a estas lesiones, hay otras que se constelan a fuego lento. Particularmente, y desde lo personal, encuentro más nocivas las últimas.

(Las lesiones fortuitas generan víctimas, las lesiones prolongadas revelan estupidez.)

Pero ¿por qué? La mente astuta argumentará la habilidad de adaptación y la resiliencia a la hora de adaptarse a ese temeroso acido que se toma su tiempo para corroer el alma. Sin embargo a veces no son estas cualidades la que encapsulan las heridas en un resplandeciente estoicismo, sino que el soporífero saco de la represión hace lo suyo para gestar y almacenar como un capullo a esa “bestia de las memorias” que cuando cobra suficiente fuerza parasita la consciencia, la resigna, la despoja, y sobre todo, la hace sentir siendo cómoda a pesar de estar poseída por un invasor.

(El monstruo psíquico perfecto no es el que desgarra el alma, es el que nos hace sentir cómodos con él, y nos arrastra a la entropía de la repetición, a la no renovación del ciclo, de la circularidad)

La tragedia se hace evidente para el que la padece como una explosión permitiendo identificarla como un tumor superficial muchas veces extirpable, de hecho, tal vez no sea justo llamar eso tragedia, ya que esta verdaderamente es la que emerge como un organismo voraz y caníbal después de haberse gestado, incubado y alimentado en lo profundo del alma. La verdadera tragedia es darse cuenta de que concebimos y nutrimos en nuestra interioridad a aquello que luego viene a devorarla, y que cuando se revela sólo trae consigo una epifanía: nuestra vida fue una mentira. Es ahí, en ese carácter subrepticio, aliado con el maleficio del tiempo que no se puede recuperar que la vida se vuelve un sueño no vivido, una aspiración fallecida en el campo estéril de la consciencia dormida.

Escribo esto por dos razones. En primera medida para aprender a no negar aquel acido que se vierte sobre nosotros, que nos envenena, y que en una coraza de supuesta resiliencia se enquista en las profundidades del alma. Si se debe llorar, se debe hacerlo; si se debe odiar, se debe hacerlo; si se debe rechazar, se debe hacerlo. De este modo se les arrebata la fuerza para encapsularse y despertar como una quimera ciega que atacará a todo lo que le recuerde sus propios orígenes. El hábito no reflexionado es la red que no sólo sustenta a todos nuestros demonios, sino a la misma temerosa estupidez.

En segundo lugar: cuídense de aquellos que quieren involucrarlos en una realidade tejida por el miedo, y que en sus actos de profundidad y virtud solo encierran una vana coraza que solo resguarda una vacuidad e inmadurez profunda. Sientan terror y lástima por aquellos que no se han encontrado, y quieren hacerlos parte de su vida personal y de una enmarada red de inconsistencias de las cuales no son conscientes.

(Con el tiempo a veces es difícil lograr esto, y luchar contra el asco que me generan ese tipo de personas… pero me mantengo, o al menos eso trato)

Lamento ser un heraldo de la anti-utopía pero la virtud no siempre triunfa en algunos… de hecho, la virtud sólo triunfa en escasos.

Buen Combate.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Hábitos e Identidad

“Ethos Anthopos Daimon” (El carácter del hombre es su destino)

- Heraklitos

La pasividad es un estado que se rebela a la inercia del universo, por lo que definitivamente coincido con Sócrates acerca de la vitalidad del ocio en el desarrollo del pensamiento, siendo este último una actividad peligrosa y de sumo antagonismo a la naturaleza instintual y del letargo protector de la consciencia. Es irónico que aquello que la sociedad, e incluso la naturaleza humana condena, desprecia y margina sea el abono de la cognición y la consciencia: El ocio, la frustración, la violencia, la ansiedad, la tristeza, la rutina, la muerte y el dolor en no pocas ocasiones se presentan como leviatanes que enriquecen el mundo interno, y que nos devoran con la misma esencia del despertar: los cuestionamientos.

El esperar pacientemente llamadas que no llegan, oportunidades que no florecen, sentimientos que no emanan y la tal vez perdida redención de la diosa Fortuna, me han vuelto particularmente atento a un entorno tan árido en el mundo objetal, como rico en el análisis particular de mi relación con el mundo. Así pues, en una rutina aparentemente vacía se ha venido gestando una fuerza desconocida para ir comprendiendo como las pequeñas costumbres van configurando gigantescas facultades, de las cuales uno no comprende toda su magnitud al haberlas adquirido como aquel reptil de sangre fría que se calienta al sol: en paulatina progresión.

Los hábitos configuran la realidad, por eso no es sorprendente que la gente que posee más riesgo para perder el juicio objetivo del entorno (o seamos crudos y digamos abiertamente psicosis), se ciernan a la obsesión compulsiva y ritualista como ganchos que les impiden naufragar en las seductoras fantasías del inconsciente, y de aquel monstruo que vorazmente obedece al principio del placer, del narcisismo y de las proyecciones.

Las rutinas dotan de continuidad al psiquismo, aunque preferiría referirme a ellas como hábitos en donde existe cierta flexibilidad que no congele del todo en la monotonía neurótica. Protectoras y encarcelantes, funcionan como crisálidas que tienen la particularidad de mostrarles a los demás lo que somos, y de diferenciarnos cuantitativamente, pero sobre todo, cualitativamente. El lector hábil ya se habrá dado cuenta de su carácter primordial en la construcción de lo que algunos psicólogos llaman identidad.

Cierta persona me dijo alguna vez: “Si una persona finge ser generosa demasiado tiempo, eventualmente lo será”. Confieso que contemplé con escepticismo esa premisa, partiendo del carácter consustancial del alma. Sin embargo nos construimos en tantas dimensiones, que no es descabellado ver cómo las mismas mascaras terminan por modificar el núcleo del alma, del mismo que las conductas modifican estructuras biológicas. Ya es un hecho científico que el cerebro está sometido a la misma entropía celular, y se renueva y muere a cada segundo, legando una estructura casi que única a cada mañana. Nada, absolutamente nada en el plano físico escapa al principio de Heraklitos del devenir.

Como última reflexión, y como buena noticia, he notado que el temido tiempo (siendo una conocida cara de la muerte), es un indiscutible aliado de los hábitos. Su progresión va revelando recompensas a veces valoradas por el consenso, a veces sólo por aquella autoconciencia que se alegra en la diferenciación y en la noción de destino y rumbo. Aún así, el éxito es sólo éxito si todavía queda mucho por hacer. Así pues, esta noche pude mirar atrás para ver como pequeñas pinceladas han venido formando a una persona del mismo modo que un cuadro impresionista.

Cuiden sus palabras, cuiden sus actos, cuiden su hábitos… irremediablemente ellos hablaran por ustedes más contundentemente que cualquier otra cosa.

jueves, 17 de noviembre de 2011

De la traición

“Más traiciones se cometen por debilidad que por
un propósito firme de hacer traición.”

- François de la Rochefoucauld

Recuerdo que hace muchos años, una de mis primeras entradas en el mundo de mis catarsis nocturnas fue concerniendo a la traición. Seguramente algunos la recordaran. Hoy, inspirado por la contracorrespondencia frecuente con una amiga a quien atesoro, y a sus inspiradoras preguntas, les entrego una breve definición personal acerca del pecado Dantesco por excelencia.

Si pudieses definir la Traición en una sola frase, o resumirla en una sola imagen, nombre, color, lo que sea, todo vale, qué escogerías para representarla en su significado más pleno y complejo?”

“Ahhh Traición, el más pérfido pecado de la divina comedia, y a cuyos ejecutores se les reserva el último y más tenebroso de los infiernos. Creo que la mejor encarnación para representar esta decisión está en el concepto del “olvido”. Asimismo, la imagino como una mujer muy bien vestida y llena de riqueza, pero triste, miserable y desesperada, intentando cegar los ojos atentos de la Diosa Mnemosine. Para que exista traición se necesita un compromiso o vínculo que convierta cierto acuerdo implícito o explícito en algo valioso, y necesita también de un sentimiento o debilidad para que la impulse, ya sea la estupidez, la codicia o el miedo.

No obstante, invariablemente a las razones de su génesis, el olvido es el oscuro catalizador que siempre ensombrece aquella gratitud, acuerdo, confianza y a su vez sepulta fuera de la consciencia el valor de la otra persona; lo fulmina, lo niega, lo desconsidera, lo despoja. Es un acto de suma cobardía y escasa inteligencia, y que acuchilla el propio recuerdo y una propia parte de la existencia personal ante el miedo de ser responsable, coherente y reciproco. Es poner un manto oscuro sobre la propia consciencia, que para desgracia del traidor pocas veces es efectivo al consumirse sobre esa llama… y que en no pocas ocasiones desemboca en finales bien conocidos como el de aquel que se colgó en un árbol con una bolsa de 30 monedas de plata, en la perene parálisis del noveno círculo del infierno o el de aquel que se encuentra entre mares de néctar y ambrosia sin poder gustarlos.”

lunes, 7 de noviembre de 2011

Alas de cera

“No hay nadie que haya jamás escrito o pintado, esculpido y modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno"

- Antonin Artaud

Hay tantos infiernos como personas en el mundo. Todos traemos un profundo tártaro en el corazón que no en vano cumple una función vital, de lo contrario no se haría tan evidente su estridencia y emoción. La desgracia parece ser la quintaesencia del conocimiento, y tal como alguna vez lo retrató poéticamente Dante Alighieri: “El que sabe de dolor, todo lo sabe”. El inframundo es un lugar sembrado de peligros, vicisitudes y destrucción. No obstante en su interior se albergan grandes tesoros.

Continuando la amplificación mitológica: el pathos depreda a Mnemosine cuando nosotros somo las víctimas, pero cuando estamos bien su divorcio es inminente. Qué fácil es olvidar cuando de dolor se trata, y que fácil es aconsejar cuando desde el pedestal del bienestar contemplamos las profundas heridas de los demás. Algunas sanarán, otras infectaran el mismo espíritu para lacerar el alma, a veces hasta puntos de no retorno. De vez en vez el daño es tanto, que la belleza no tiene otro remedio que volverse coraza, y abandonar su carácter terso para convertirse en espina venenosa.

Sé que innatamente en la mayoría de nosotros los humanos, cuando alguien sufre, buscamos ironizar el padecer ajeno como una defensa negatoria ante un sentimiento y demonio que convierte cada segundo de la existencia en una pesadilla intolerable, un momento perdido, un aliento grávido y un deseo ardiente de acabar con todo un universo que se vierte al interior en el afán mórbido del repliegue. Algunos creen que muriendo el cuerpo, acallarán ese grito convulsivo que realmente afecta al alma. Tristemente, empiezo a pensar que tal vez podría funcionar.

El reconocer e inmunizarse a la transitoriedad y la frustración se ha alabado como una cualidad de sabios; sin embargo ¿Qué es la vida sin dolor? O mejor aún ¿Cómo se logra tal hazaña sin pormenorizar el valor de aquello que le da sentido a la vida? No tengo respuestas ni funcionales ni poéticas, sólo he logrado percatarme de que el universo es un océano de transacciones: nada nunca desaparece sino que adquiere formas potenciales o distintas. En este contexto el dolor es una señal de la transformación que nos hace conscientes que dejaremos de ser lo que veníamos siendo. Siempre que algo duela, augurará un cambio, así sea minúsculo. Este fenómeno se expresa desde el dolor muscular que antecede la fuerza, hasta la penosa fulminación de una parte esencial del alma que la dota de sentido y vida, y que nos deja heridos hasta que se cuenta con la voluntad y suerte para hallar una compensación armónica.

Asumir el cambio constante parece inevitable si quiere preservarse la salud mental. Sin embargo, paradójicamente la naturaleza se organiza en torno a la protección, la constancia, la seguridad y la coherencia. El dilema entre el ser y el devenir atraviesa la vida a cada instante, sometiéndonos a las cadenas de la transitoriedad y el encierro. Aunque he empezado a notar que el peor encierro es la transitoriedad. Un árbol necesita ramas y hojas dinámicas que se muevan con el viento y orienten su posición al sol. Pero sin raíces sólidas el único destino proyectable es una fuerte caída y una muerte lenta.

Últimamente me cuestiono tanto si he aprendido tolerar el dolor, o si he aprendido a encubrirlo hasta un grado en donde ni yo soy consciente que en aquellos oscuros avernos donde enterré mi posibilidad de sufrir, sepulté del mismo modo mis sueños como víctimas vivas que abrazaron un paulatino y cruel final. Odio y amo mi sinceridad conmigo mismo; me he vuelto coherente con algo superior a mí, pero estar en una sociedad esclava de pasiones veladas y creencias irreflexivas me ha vuelto un loco, un cretino y un paria. Jamás podría culpar a Edipo por arrancarse los ojos; menos cuando algunos de nosotros caemos en un vulgar juego de las circunstancias, o digámoslo mejor, de los Dioses.

Empiezo a convencerme que no tengo valor en el mundo. Perdí ese romanticismo Nietzscheano para hacer del idealismo mi escudo, y cuando me armé de la realidad me transformé en una persona que recuerda constantemente lo asfixiante que resulta esgrimir la responsabilidad de sí mismo. En el ensueño colectivo no valgo, y todo empeora cuando las señales que alguna vez seguí con sagrada devoción se convirtieron en dagas al cuello. Aún así, mi única y auténtica desgracia oscila en haberme hecho merecedor de tú indiferencia.

Esperé, esperé y esperé; hasta que eventualmente como una confabulación del universo apareciste. Primero emergiste en mis sueños y luego como una figura espiritual que se iba corporificando como una coagulación alquímica. Sin embargo, al igual que una quimera encarnaste lo que más amaba y lo que más odiaba. Tras conocerte mis ojos se abrieron a lo infeliz que era antes de hacerlo, y a el brillo de la ensoñación y una energía especial que me ahogaron en una estulticia que opacó lo que realmente era yo … pero justamente eso fue lo que me atrajo de ti.

No se cómo voy a continuar mi vida, menos sin ti M.

Extrañaré aquel destino que nunca pude cumplir contigo.

Haces que el dolor no tenga sentido.