“La estupidez es una enfermedad maravillosa;
todo el mundo se da cuenta de su existencia
menos el que la padece”
- Voltaire
La barrera entre la ignorancia y la sabiduría es muy tenue; como todo fenómeno digno de virtud siempre va a implicar y depender de una decisión, y también de una respuesta ante la adversidad, ya sea esta revestida del dolor, de la angustia, de la traición, de la desilusión, de la tristeza, o meramente de la inconformidad. En lo práctico, sólo el sentido personal, la utilidad y la inspiración es lo que separa a las palabras de ser vulgares telarañas o santuarios de la verdad; a un beso de ser una falsa chispa o el principio de la incandescencia; y a la atención de ser un superfluo protocolo o el bálsamo para el alma del que padece o del que busca inspiración. Los humanos han aprendido demasiado bien a esgrimir fatales máscaras de virtud… tal vez demasiado bien.
(Por fortuna el infierno es una excelente universidad.)
Así pues, el tiempo, la resolución del pathos y el conectarse con la interioridad van resquebrajando el sentido opaco, memético e incuestionado de las emociones al explorar la diversidad de sus matices y expresiones (veraces y pueriles). Es entonces cuando notamos la autenticidad de la virtud o su carácter fraudulento tras una pesada máscara instalada por el miedo. Sin embargo, ¿de donde emerge esta nefasta y grávida emoción? La experiencia me ha revelado que hay heridas en el alma que pueden llegar hasta el grado de no retorno y poseer a la consciencia con la misma implacabilidad de un cáncer; hay experiencias a veces fugaces como una explosión que dan génesis a estas lesiones, hay otras que se constelan a fuego lento. Particularmente, y desde lo personal, encuentro más nocivas las últimas.
(Las lesiones fortuitas generan víctimas, las lesiones prolongadas revelan estupidez.)
Pero ¿por qué? La mente astuta argumentará la habilidad de adaptación y la resiliencia a la hora de adaptarse a ese temeroso acido que se toma su tiempo para corroer el alma. Sin embargo a veces no son estas cualidades la que encapsulan las heridas en un resplandeciente estoicismo, sino que el soporífero saco de la represión hace lo suyo para gestar y almacenar como un capullo a esa “bestia de las memorias” que cuando cobra suficiente fuerza parasita la consciencia, la resigna, la despoja, y sobre todo, la hace sentir siendo cómoda a pesar de estar poseída por un invasor.
(El monstruo psíquico perfecto no es el que desgarra el alma, es el que nos hace sentir cómodos con él, y nos arrastra a la entropía de la repetición, a la no renovación del ciclo, de la circularidad)
La tragedia se hace evidente para el que la padece como una explosión permitiendo identificarla como un tumor superficial muchas veces extirpable, de hecho, tal vez no sea justo llamar eso tragedia, ya que esta verdaderamente es la que emerge como un organismo voraz y caníbal después de haberse gestado, incubado y alimentado en lo profundo del alma. La verdadera tragedia es darse cuenta de que concebimos y nutrimos en nuestra interioridad a aquello que luego viene a devorarla, y que cuando se revela sólo trae consigo una epifanía: nuestra vida fue una mentira. Es ahí, en ese carácter subrepticio, aliado con el maleficio del tiempo que no se puede recuperar que la vida se vuelve un sueño no vivido, una aspiración fallecida en el campo estéril de la consciencia dormida.
Escribo esto por dos razones. En primera medida para aprender a no negar aquel acido que se vierte sobre nosotros, que nos envenena, y que en una coraza de supuesta resiliencia se enquista en las profundidades del alma. Si se debe llorar, se debe hacerlo; si se debe odiar, se debe hacerlo; si se debe rechazar, se debe hacerlo. De este modo se les arrebata la fuerza para encapsularse y despertar como una quimera ciega que atacará a todo lo que le recuerde sus propios orígenes. El hábito no reflexionado es la red que no sólo sustenta a todos nuestros demonios, sino a la misma temerosa estupidez.
En segundo lugar: cuídense de aquellos que quieren involucrarlos en una realidade tejida por el miedo, y que en sus actos de profundidad y virtud solo encierran una vana coraza que solo resguarda una vacuidad e inmadurez profunda. Sientan terror y lástima por aquellos que no se han encontrado, y quieren hacerlos parte de su vida personal y de una enmarada red de inconsistencias de las cuales no son conscientes.
(Con el tiempo a veces es difícil lograr esto, y luchar contra el asco que me generan ese tipo de personas… pero me mantengo, o al menos eso trato)
Lamento ser un heraldo de la anti-utopía pero la virtud no siempre triunfa en algunos… de hecho, la virtud sólo triunfa en escasos.
Buen Combate.