“No
basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante.
Entonces
la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre.”
-
Stefan
Zweig
El lento y estruendoso segundero no lograba castigar
mi paciencia. El vigilante reloj me observaba como un implacable centinela que
buscaba burlarse de mi; decidí entonces retribuirle toda mi serenidad a cambio
de su crueldad. Había esperado por más de dos horas semidesnudo una pequeña
bata, la cual años atrás me hubiera horrorizado al sentir que me uniformaba
para la muerte, a que el umbral de media tonelada y generosamente nutrido de
plomo me ofreciera su eventual y tenebrosa apertura. Aun así, los años, mi
experiencia particular, y el tutelaje simbólico y constante del ángel de la
muerte hicieron mía una serenidad en ese entorno clínico que disfraza las
angustias en pulcritud aséptica, pero que de ningún modo puede ocultar su
frialdad, que al igual que el invierno compele inescapablemente a la reflexión.
Tras la incertidumbre de la llamada ausente y
notoriamente dilatada, me vi entonces rasguñando espontáneamente con mi pulgar
derecho la calcomanía ya maltrecha de la llave de mi casillero, replicando casi
que arquetipalmente la ansiedad de aquellos que con el paso sucesivo de lo
incierto se habían encargado de darle un final paulatino, e insospechadamente
compartido, a ese ya desvanecido y moribundo número “9”.
Mi conocido monologo interno inició entonces un
proceso de autoconvencimiento, y
sucesivamente invocaba la sabiduría Platónica augurando el peor de los
escenarios. – “Filósofo es quien se prepara para la muerte”, “filósofo es quien
se prepara para la muerte”, “filósofo es quien…- repetía para mi mismo buscando
un atisbo de virtud, una causa última, y el cariño que mí naturaleza emancipada
y desapegada castraba certeramente en mi no aceptado estoicismo perverso,
perfeccionismo y autoexigencia. La soledad había aprendido a celarme con el ahínco
de una amante maniaca… y yo había aprendido a disfrutarlo, e incluso amarla de vuelta.
Dejé escapar entonces un largo suspiro por la mujer
que tras varios meses había puesto a prueba mi paciencia, cariño y virtud, y para
bien o para mal, le agradecí y extrañé. Luego imaginé cuanto me hubiera gustado
verla tras el vaivén de aquella puerta de salida, una vez terminara el nefasto examen petrificador,
para compartir con ella las noticias inciertas, alentadoras o desafiantes, de
su resultado. Entonces sentí el pesado espíritu del tiempo rindiéndome cuentas
por lo que se hace y lo que se deja de hacer; e inervó en mí el cuestionamiento
de si a pesar de ser mi primer y último pensamiento del día, merecía tal vez el
último fragmento de mi vida. Me di cuenta que la quería en su brillantez
salpicada de locura, y en su genialidad
mancillada a veces de idiotez. Había
visto lo mejor y lo peor de su naturaleza, pero tristemente me había privado de
sus intermedios, y el lado más humano que ni ella terminaba de aceptar.
Nuevamente suspiré.
Entre los espectros que circulaban fugazmente frente a mí con la misma investidura etérea y color
“gris clínico”, deambuló entonces un personaje atemporal y andrógeno: algunas
arrugas surcaban benignamente su rostro, pero la pañoleta amarilla sembrada de
flores fucsias que ocultaba torpemente su carencia de pelo, y la sonrisa que me
dedicó una vez se sentó a mi lado, me revelaron un espíritu en plena flor de la
infancia. –Menos mal este fue el último. Llevo 6 horas en exámenes- mencionó
mientras se acomodaba el catéter de su muñeca, ya sin el isótopo radiactivo, sin revelar de ningún modo la gravidez de su
esperado cansancio. Sonreí a su simpatía y a su resiliencia, mientras para mis
adentros me sorprendía contemplar tanta vida en un escenario tan estéril y
fantasmal.
De repente se abrió aquella pesada puerta, la cual
no podía albergar en su coraza más advertencias en un amenazante rojo,
coronándolas a su vez con las fácilmente divisables siglas M.R (Magnetic
Resonance). Entonces nuestras miradas se clavaron en la camilla que emergió de
aquellas oscuras fauces, levitando a una joven de 17 años cuya expresión de
tristeza transpiraba más antigüedad y taciturnidad que la de ambos
contempladores juntos. Su cuerpo cansado por el dolor era penetrado por sondas más
parecidas a voraces y descomunales anélidos. Observamos todo el trayecto que
dejaba tras de sí una densa estela de insoportable melancolía y tragedia, hasta
que el impacto y el subsecuente ir y venir de las puertas blancas borró su
rastro mágicamente, tal como si se hubiera tratado de una breve, triste y macabra
ensoñación.
Una voz insistente rompió aquel tenebroso conjuro y
me arrebató de mi mesmerismo, entonces me percaté que en todo ese tiempo una
enfermera había estado tratando de captar mi atención para explicarme mi
represamiento en la larga espera. - Le agradecemos su paciencia señor Arango,
tuvimos que atender una urgencia, y aun así tras varios intentos nos fue
imposible tomarle la resonancia a la paciente que acaba de ver salir. Pronto le
solicitaremos que continúe- afirmó con una expresión de cordialidad poseída por
una triste frustración.
A merced de mi compostura quise olvidar lo visto,
sin embargo repetí en mi mente toda la escena, como si se tratara de un
carruaje del Hades que desaparecía luego en algo que quería creer como la
inmensidad. Pensé entonces que era el único absorto en esta terapia de choque,
sin embargo el acontecimiento no había pasado desapercibido para ninguno de los
presentes, y entre los proliferativos cuchicheos, las expresiones de terror
acompañadas de persignaciones y el toque de la madera, vislumbré que una mirada
tierna, preocupada y con pestañas dibujadas se había anclado en mí.
La niña anciana se había percatado del efecto
entrópico y devastador de aquella aparición, entonces en su mejor intento de
revivir la perdida esperanza me tomó de la mano sin miedo alguno, e insuflando
coraje en la oscura desolación compartió la recompensa de su estoicismo y
fortaleza conmigo: - Me fue muy bien en mis exámenes, creo que voy a
vivir!-. Sus ojos estaban cristalizados
y brillaban con una fuerza inexplicable, y la sinceridad de su sonrisa me hacía
auténticamente participe de su felicidad, aun sin conocerme y hermanados tan
sólo por la empatía.
Tras una existencia y cotidianidad acostumbrada a
lidiar con los problemas de los demás, el hecho de que una persona cuya vida se
bate en lo incierto me entregara su esperanza, cuando debería haber sido yo el
que desterrara sus preocupaciones, me inundó los ojos de lágrimas. Entonces
apreté su mano con fuerza y dulzura, y de mi interioridad escapó el único
mensaje sincero que podía darle: -No sé como te llamas, ni quien eres, ni tampoco que has hecho o que has dejado de
hacer… pero si alguien merece vivir, esa persona eres tú-.
Me levanté lentamente, atendiendo el distante
llamado de la enfermera que sólo fue un eco reconocible en una escena congelada
en el tiempo, y mientras nuestras manos se separaban vi las lágrimas que ella
tampoco pudo contener. Finalmente, expresiva y dulce como una niña sorprendida
musitó suavemente y con un cariño indescriptible – Mucha suerte-.
Así pues, mientras le daba la espalda a ese
incognito ser, me secaba los ojos
toscamente y caminé firme y digno a aquel arco de doble puerta
que encarnaba un digno acceso al inframundo. Como si se tratase de una epifanía
transfiguradora del espíritu, marché guerrero a la oscuridad de lo improbable y
desconocido, recordando a cierta persona que alguna vez afirmó que “si convocas
a los ángeles y a los demonios, no te sorprendas si aparecen como personas en
tú vida”. Entonces dedique a su autor mi última sonrisa.
Mientras mi silueta se desvanecía en la ausencia de
iluminación del cuarto que parecía tragarme, reafirmé mi creencia de que así
como la luz se resguarda en la oscuridad, en la muerte mora la vida.
En la muerte mora la vida.
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