"La virtud de un hombre no debe medirse por sus esfuerzos, sino por sus obras cotidianas."
- Blaise Pascal
Parece extraño escribir de nuevo. Pero hoy definitivamente
existe una razón para hacerlo. La mayor virtud del luto subyace en el sentido
de gratitud y en un ejercicio de significado, en ejecutar una retrospectiva que
reconfigura y revalida la figura de aquellos que nos acompañaron. Haré un
intento digno.
Es curioso ver como las palabras, a pesar de pertenecer al
reino de lo cognitivo según la teoría, solo parecen florecer cuando la emoción provoca
esta particular efervescencia que las va plasmando. Hoy, estas emergen no como
anhelos futuros o experiencias conmovedoras del presente, sino como recuerdos
del pasado que se enaltecen en la memoria de un amigo. Amigo, maestro, humano.
Cursar por la Universidad Javeriana ha sido uno de los
grandes aciertos de mi vida. La humanística no censurada que impregnaron los
Jesuitas a esta institución, me permitió más de una vez caer en miles de debates extracurriculares acerca
de Dios, de la Idea de Dios, y de las ideas de la Idea de Dios. A manera de
temibles terapias de choque, las posturas de los profesores nos oscilaban a los
iniciados del profundo ateísmo al teísmo evangélico. Por fortuna no fui víctima
de una polarización nociva, o por lo
menos, no tan radicalmente ni tan permanentemente.
En este contexto fue cuando el paganismo tuvo su auge en mí;
desprecié muchísimo la religión organizada hasta el punto que consideraba
irremediablemente incompatible una vida culta con cualquier adoctrinamiento
religioso tradicional. Sin embargo, cierto día entró al salón cierta figura
elegante pero levemente encorvada por la edad, con visos de extranjero y una
chivera y boina anacrónicas, más pertenecientes a alguna villa europea, que me
haría evidente la posibilidad de conciliación intelecto-doctrina. Su presencia
era algo extraordinario, sobre todo ante la simplicidad que solían expresar la
mayoría de nuestros docentes. Con una sonrisa aferraba su paraguas y su maletín,
los cuales con suma organización dejó instaurados sobre la mesa.
Inmediatamente quedé fascinado. En su primera clase expresó con
impecable claridad las dinámicas de su pedagogía, su enemistad con la mala
ortografía, su amistad con los desafíos y la crítica constructiva a sus planteamientos,
y un gran marco senso-perceptivo-cognitivo que constituía su tema de enseñanza,
y que curricularmente resumía en “Procesos psicológicos”. Desde ese momento,
volví a generar ese encanto colegial por mi carrera, el cual suele evaporarse casi sistemáticamente con varias de las materias introductorias de
los primeros semestres.
Umbrales sensoriales, transducción perceptiva, Inteligencia
y temas que de por si son verbo muerto en los atlas de neurociencias y psicología
brillaban con sus referencias a Schubert, las fugas de Bach, Kandinsky, la
teoría estética Kantiana, y sus siempre clarificadoras anécdotas y diálogos imaginarios,
que incluso convertían en temas sencillos el barrido rostro caudado o las mecánicas
de las rutas tálamo-corticales.
Fui un completo afortunado de haber ganado la especial simpatía
de Luis Arturo Barrera S.J. Además de haber existido una química de personalidad
y orientación de pensamiento, con el
paso de los semestres, quizes, intervenciones en clase y evaluaciones los
saludos mudos y formales, casi victorianos, se convirtieron en pausas para discutir la
prospección de las clases, para contar algún chiste refinado, para recomendar algún autor, o simplemente
burlarse de mi resistencia casi psicoanalítica al uso de las tildes. Hoy me
genera mucha gracia el retratar esas escenas de diálogo universitario, en donde
yo estaría encarnando el metalero clásico mientras que Buby personificaría al clergyman suizo, en conversaciones totalmente
ajenas a nuestra apariencia.
Este breve escrito lo hago para enaltecer la memoria de Luis
Arturo Barrera, quien ya atravesó dignamente la inescapable transición de la
muerte. Si bien ya varias personas han exaltado sus méritos religiosos, yo prescindiré
de ellos para demostrar que como humano y maestro marcó mi vida profesional,
personal y espiritual, sin discutir una
sola vez particularidades de nuestras creencias trascendentales o realizar intentos de catequismo.
Del fondo del alma, y con lágrimas nublando la visión pero
no el pensamiento:
Gracias por orientar la vida a la enseñanza.
Gracias por no juzgarme nunca por mi apariencia.
Gracias por expresar constantemente la caridad como
principio de igualdad.
Gracias por fortalecer mi saber en lo fáctico, en lo útil y
en lo bello.
Gracias por evidenciar que la unión de arte y ciencia no es
solo posible, sino un raro fenómeno que potencia el aprendizaje.
Gracias por castigar mi rivalidad con las tildes, y revelar
claramente que la ortografía transmite e importa.
Gracias por tener calificaciones periódicas, y no
cataclismos de ansiedad a final de semestre.
Gracias por vislumbrar que la religión tradicional no
necesariamente entorpece la vida culta.
Gracias por enseñarme a estudiar. (Se lo debo también a
Andrés Martinez)
Gracias por señalarme de mil maneras las formas en que
desperdiciaba mi inteligencia.
Gracias por responder a mis necedades con preguntas que me
llevaban a la respuesta.
Gracias por abrir universos transdisciplinares.
Gracias por retarnos formalmente a cuestionar todos los
contenidos, todas las teorías, todas las palabras.
Gracias por ser el ÚNICO docente que al traspasar mi coraza
de bienestar se dio cuenta de la ayuda que no quería pedir, y maquinó anónimamente
un escenario elaborado para que lo hiciera.
Gracias por reírte de las bromas que escribía en los
parciales cuando me veía acorralado.
Gracias por demostrar más interés en el aprendizaje que en
la evaluación, a pesar de la máscara de rigor inflexible.
Gracias por inaugurar mi amor por la epistemología.
Gracias por arrancarme las lágrimas que no saco para
recordarme lo valiosa que es la vida y una existencia virtuosa.
Gracias por revelar con acciones aquel misterio de por qué
los católicos llaman a sus sacerdotes ‘’Padre’’.