Un espacio donde el recuerdo se hace consciente, donde el pasado, presente y futuro entran en conjunción y la estulticia es la amante de la razón.

viernes, 13 de febrero de 2015

A memoria de Luis Arturo Barrera S.J



 "La virtud de un hombre no debe medirse por sus esfuerzos, sino por sus obras cotidianas."

- Blaise Pascal


Parece extraño escribir de nuevo. Pero hoy definitivamente existe una razón para hacerlo. La mayor virtud del luto subyace en el sentido de gratitud y en un ejercicio de significado, en ejecutar una retrospectiva que reconfigura y revalida la figura de aquellos que nos acompañaron. Haré un intento digno.

Es curioso ver como las palabras, a pesar de pertenecer al reino de lo cognitivo según la teoría, solo parecen florecer cuando la emoción provoca esta particular efervescencia que las va plasmando. Hoy, estas emergen no como anhelos futuros o experiencias conmovedoras del presente, sino como recuerdos del pasado que se enaltecen en la memoria de un amigo. Amigo, maestro, humano.

Cursar por la Universidad Javeriana ha sido uno de los grandes aciertos de mi vida. La humanística no censurada que impregnaron los Jesuitas a esta institución, me permitió más de una vez  caer en miles de debates extracurriculares acerca de Dios, de la Idea de Dios, y de las ideas de la Idea de Dios. A manera de temibles terapias de choque, las posturas de los profesores nos oscilaban a los iniciados del profundo ateísmo al teísmo evangélico. Por fortuna no fui víctima de una polarización nociva,  o por lo menos,  no tan radicalmente ni  tan permanentemente.

En este contexto fue cuando el paganismo tuvo su auge en mí; desprecié muchísimo la religión organizada hasta el punto que consideraba irremediablemente incompatible una vida culta con cualquier adoctrinamiento religioso tradicional. Sin embargo, cierto día entró al salón cierta figura elegante pero levemente encorvada por la edad, con visos de extranjero y una chivera y boina anacrónicas, más pertenecientes a alguna villa europea, que me haría evidente la posibilidad de conciliación intelecto-doctrina. Su presencia era algo extraordinario, sobre todo ante la simplicidad que solían expresar la mayoría de  nuestros docentes.  Con una sonrisa aferraba su paraguas y su maletín, los cuales con suma organización dejó instaurados sobre la mesa.

Inmediatamente quedé fascinado. En su primera clase expresó con impecable claridad las dinámicas de su pedagogía, su enemistad con la mala ortografía, su amistad con los desafíos y la crítica constructiva a sus planteamientos, y un gran marco senso-perceptivo-cognitivo que constituía su tema de enseñanza, y que curricularmente resumía en “Procesos psicológicos”. Desde ese momento, volví a generar ese encanto colegial por mi carrera, el cual  suele evaporarse casi sistemáticamente  con varias de las materias introductorias de los primeros semestres.

Umbrales sensoriales, transducción perceptiva, Inteligencia y temas que de por si son verbo muerto en los atlas de neurociencias y psicología brillaban con sus referencias a Schubert, las fugas de Bach, Kandinsky, la teoría estética Kantiana, y sus siempre clarificadoras anécdotas y diálogos imaginarios, que incluso convertían en temas sencillos el barrido rostro caudado o las mecánicas de las rutas tálamo-corticales.

Fui un completo afortunado de haber ganado la especial simpatía de Luis Arturo Barrera S.J. Además de haber existido una química de personalidad y orientación de pensamiento,  con el paso de los semestres, quizes, intervenciones en clase y evaluaciones los saludos mudos y formales, casi victorianos,  se convirtieron en pausas para discutir la prospección de las clases, para contar algún chiste refinado,  para recomendar algún autor, o simplemente burlarse de mi resistencia casi psicoanalítica al uso de las tildes. Hoy me genera mucha gracia el retratar esas escenas de diálogo universitario, en donde yo estaría encarnando el metalero clásico mientras que Buby personificaría  al clergyman suizo, en conversaciones totalmente ajenas a nuestra apariencia.

Este breve escrito lo hago para enaltecer la memoria de Luis Arturo Barrera, quien ya atravesó dignamente la inescapable transición de la muerte. Si bien ya varias personas han exaltado sus méritos religiosos, yo prescindiré de ellos para demostrar que como humano y maestro marcó mi vida profesional, personal y espiritual,  sin discutir una sola vez particularidades de nuestras creencias trascendentales o realizar  intentos de catequismo.

Del fondo del alma, y con lágrimas nublando la visión pero no el pensamiento:

Gracias por orientar la vida  a la enseñanza.
Gracias por no juzgarme nunca por mi apariencia.
Gracias por expresar constantemente la caridad como principio de igualdad.
Gracias por fortalecer mi saber en lo fáctico, en lo útil y en lo bello.
Gracias por evidenciar que la unión de arte y ciencia no es solo posible, sino un raro fenómeno que potencia el aprendizaje.
Gracias por castigar mi rivalidad con las tildes, y revelar claramente que la ortografía transmite e importa.
Gracias por tener calificaciones periódicas, y no cataclismos de ansiedad a final de semestre.
Gracias por vislumbrar que la religión tradicional no necesariamente entorpece la vida culta.
Gracias por enseñarme a estudiar. (Se lo debo también a Andrés Martinez)
Gracias por señalarme de mil maneras las formas en que desperdiciaba mi inteligencia.
Gracias por responder a mis necedades con preguntas que me llevaban a la respuesta.
Gracias por abrir universos transdisciplinares.
Gracias por retarnos formalmente a cuestionar todos los contenidos, todas las teorías, todas las palabras.
Gracias por ser el ÚNICO docente que al traspasar mi coraza de bienestar se dio cuenta de la ayuda que no quería pedir, y maquinó anónimamente un escenario elaborado para que lo hiciera.
Gracias por reírte de las bromas que escribía en los parciales cuando me veía acorralado.
Gracias por demostrar más interés en el aprendizaje que en la evaluación, a pesar de la máscara de rigor inflexible.
Gracias por inaugurar mi amor por la epistemología.
Gracias por arrancarme las lágrimas que no saco para recordarme lo valiosa que es la vida y una existencia virtuosa.



Gracias por revelar con acciones aquel misterio de por qué los católicos llaman a sus sacerdotes ‘’Padre’’.






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