Un espacio donde el recuerdo se hace consciente, donde el pasado, presente y futuro entran en conjunción y la estulticia es la amante de la razón.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Alas de cera

“No hay nadie que haya jamás escrito o pintado, esculpido y modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno"

- Antonin Artaud

Hay tantos infiernos como personas en el mundo. Todos traemos un profundo tártaro en el corazón que no en vano cumple una función vital, de lo contrario no se haría tan evidente su estridencia y emoción. La desgracia parece ser la quintaesencia del conocimiento, y tal como alguna vez lo retrató poéticamente Dante Alighieri: “El que sabe de dolor, todo lo sabe”. El inframundo es un lugar sembrado de peligros, vicisitudes y destrucción. No obstante en su interior se albergan grandes tesoros.

Continuando la amplificación mitológica: el pathos depreda a Mnemosine cuando nosotros somo las víctimas, pero cuando estamos bien su divorcio es inminente. Qué fácil es olvidar cuando de dolor se trata, y que fácil es aconsejar cuando desde el pedestal del bienestar contemplamos las profundas heridas de los demás. Algunas sanarán, otras infectaran el mismo espíritu para lacerar el alma, a veces hasta puntos de no retorno. De vez en vez el daño es tanto, que la belleza no tiene otro remedio que volverse coraza, y abandonar su carácter terso para convertirse en espina venenosa.

Sé que innatamente en la mayoría de nosotros los humanos, cuando alguien sufre, buscamos ironizar el padecer ajeno como una defensa negatoria ante un sentimiento y demonio que convierte cada segundo de la existencia en una pesadilla intolerable, un momento perdido, un aliento grávido y un deseo ardiente de acabar con todo un universo que se vierte al interior en el afán mórbido del repliegue. Algunos creen que muriendo el cuerpo, acallarán ese grito convulsivo que realmente afecta al alma. Tristemente, empiezo a pensar que tal vez podría funcionar.

El reconocer e inmunizarse a la transitoriedad y la frustración se ha alabado como una cualidad de sabios; sin embargo ¿Qué es la vida sin dolor? O mejor aún ¿Cómo se logra tal hazaña sin pormenorizar el valor de aquello que le da sentido a la vida? No tengo respuestas ni funcionales ni poéticas, sólo he logrado percatarme de que el universo es un océano de transacciones: nada nunca desaparece sino que adquiere formas potenciales o distintas. En este contexto el dolor es una señal de la transformación que nos hace conscientes que dejaremos de ser lo que veníamos siendo. Siempre que algo duela, augurará un cambio, así sea minúsculo. Este fenómeno se expresa desde el dolor muscular que antecede la fuerza, hasta la penosa fulminación de una parte esencial del alma que la dota de sentido y vida, y que nos deja heridos hasta que se cuenta con la voluntad y suerte para hallar una compensación armónica.

Asumir el cambio constante parece inevitable si quiere preservarse la salud mental. Sin embargo, paradójicamente la naturaleza se organiza en torno a la protección, la constancia, la seguridad y la coherencia. El dilema entre el ser y el devenir atraviesa la vida a cada instante, sometiéndonos a las cadenas de la transitoriedad y el encierro. Aunque he empezado a notar que el peor encierro es la transitoriedad. Un árbol necesita ramas y hojas dinámicas que se muevan con el viento y orienten su posición al sol. Pero sin raíces sólidas el único destino proyectable es una fuerte caída y una muerte lenta.

Últimamente me cuestiono tanto si he aprendido tolerar el dolor, o si he aprendido a encubrirlo hasta un grado en donde ni yo soy consciente que en aquellos oscuros avernos donde enterré mi posibilidad de sufrir, sepulté del mismo modo mis sueños como víctimas vivas que abrazaron un paulatino y cruel final. Odio y amo mi sinceridad conmigo mismo; me he vuelto coherente con algo superior a mí, pero estar en una sociedad esclava de pasiones veladas y creencias irreflexivas me ha vuelto un loco, un cretino y un paria. Jamás podría culpar a Edipo por arrancarse los ojos; menos cuando algunos de nosotros caemos en un vulgar juego de las circunstancias, o digámoslo mejor, de los Dioses.

Empiezo a convencerme que no tengo valor en el mundo. Perdí ese romanticismo Nietzscheano para hacer del idealismo mi escudo, y cuando me armé de la realidad me transformé en una persona que recuerda constantemente lo asfixiante que resulta esgrimir la responsabilidad de sí mismo. En el ensueño colectivo no valgo, y todo empeora cuando las señales que alguna vez seguí con sagrada devoción se convirtieron en dagas al cuello. Aún así, mi única y auténtica desgracia oscila en haberme hecho merecedor de tú indiferencia.

Esperé, esperé y esperé; hasta que eventualmente como una confabulación del universo apareciste. Primero emergiste en mis sueños y luego como una figura espiritual que se iba corporificando como una coagulación alquímica. Sin embargo, al igual que una quimera encarnaste lo que más amaba y lo que más odiaba. Tras conocerte mis ojos se abrieron a lo infeliz que era antes de hacerlo, y a el brillo de la ensoñación y una energía especial que me ahogaron en una estulticia que opacó lo que realmente era yo … pero justamente eso fue lo que me atrajo de ti.

No se cómo voy a continuar mi vida, menos sin ti M.

Extrañaré aquel destino que nunca pude cumplir contigo.

Haces que el dolor no tenga sentido.

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