A veces es doloroso contemplar el pasado; a veces por que nos recuerda el daño y las tribulaciones del alma, pero a veces es porque nos genera una rara añoranza. Sí, un sentimiento de pérdida personal aferrada a una ternura que nos susurra: "A pesar de haber estado en un momento muy dificil, que admirable fue mi actitud, mi resiliencia, mi inteligencia".
No sé por qué, pero a veces siento que en un trámite desesperado empeñé mi habilidad cognitiva a cambio de no sufrir emocionalmente. Como reza el viejo proverbio "la vida es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten".
Tal vez no tenía razones para reir ...
Tal vez quería dejar de sufrir ...
Tal vez, doné voluntariamente mi alma a cambio de detener un horrendo ciclo de daño psicológico ...
Que esté escribiendo es una buena señal, y es grato saber que de vez en cuando pequeños detalles resuenan como un huracán internamente y dotan de color las palabras, la inspiración.
Esto lo escribí el 5 de Junio de 2008, haciendo un vano intento de mezclar una experiencia metafísica con lo mental; una proeza fallida que en medio de todo me conmueve con su lectura y quiero compartir. Unas noches antes, en medio de mucho dolor tomé a mi yegua, y en medio de una noche de tormenta esto fue lo que sentí.
Registro de una experiencia "Real"
Solo los relámpagos adornaban el escenario donde gobernaba la noche y la oscuridad. Las lágrimas se deslizaban por mi rostro, impulsadas no solo por la velocidad, sino por la añoranza de revivir. El sonido de los cascos en la piedra, el bufido que resonaba como un tambor místico y el relincho que parecía llamar a todos los dioses me obligaba a mantenerme solido pero flexible ante el atávico galopar, y a comprender como por un instante lo espiritual y lo material existían en perfecto matrimonio.
No podría decir que sentía o que pensaba, solo fluía en la noche a un ritmo acelerado que me entregaba alas y borraba mis linderos con el cosmos, pero sobre todo, con aquel ser mágico que galopaba con furia debajo de mi y en mi al mismo tiempo, y me transportaba a uno de los viajes más importantes hacia mi interior y exterior.
El sendero penumbroso parecía tragarme como las fauces de un Leviatán, donde yo buscaba desesperadamente la salida, pero en una inusual armonía y en tranquilidad. Nuestros instintos eran uno solo, y nuestra razón también. Veía en las sombras fantasmas, espíritus e ilusiones que solo nos contemplaban, incapaces de reaccionar ante el ímpetu de un solo cuerpo celestial forjado en la libertad y que con cada charco impactado mitigaba los demonios.
No me sentía solo en la noche. Parecía como si los conceptos del cosmos que se habían personificado en antaño se hubieran manifestado en su forma más salvaje y titánica, solo para acompañarme en mi viaje nocturno. Para susurrarme, gritarme y devolverme la vida.
El andar se intensificaba, tal como el sentimiento de libertad y el aire limpió y humedo que entraba a mis pulmones. Dejaba atrás mis cadenas.
Al llegar a mi destino iluminado como una antorcha en las profundidades sentí una felicidad inhumana. El cosmos era mi hogar y me sentía perteneciente a el.
Retornaba al hogar del que nunca me fui.
Solo podía agradecer a ese animal sagrado, y mientras abrazaba y besaba en la frente a esa diosa que emanaba un olor profundo a sudor y cuero, comprendí que había dejado de tener miedo.
Me había liberado.
Mientras mi llanto de felicidad se manifestaba con plena serenidad, me aferré de la crin dorada que no se apagaba bajo la inmensidad de la noche, y solo pude susurrar entre una bocanada de vapor: “Gracias hermana”.
Por fin había entendido porque para los celtas la diosa de la muerte y de los caballos era la misma.
Gracias …. Rhiannon
Necesito volver a montar, necesito dejar el miedo.
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