“El pastor esquila las ovejas, no las devora.”
- Suetonio
¿Tienes novio porque lo amas, o sólo porque quieres sentirte normal? - Ella trató de ocultar su hermoso rostro y la respuesta tras un hombro terso, y con un rápido y doliente movimiento; sin embargo el lamento y la amargura ya se habían filtrado hasta mis sentidos corroborando mis intuiciones-. Esperé unos segundos, y para mi sorpresa me contestó con la verdad secamente: -Para sentirme normal-. Nuestros ojos volvieron a encontrarse, y mí profundidad acechante y penetrante mermó enternecida cuando el brillo delató las lágrimas que su ideal de “orgullo y dignidad” represaban hirientemente en su mirada.
Sin estar armado de coraje pero sí de una inercia salvaje y química la besé, y entonces el dolor de su incoherencia transfiguró en posesión liberadora. Correspondió intensamente a la entrega mientras me abrazaba entre el llanto, conteniendo la misma esencia de la amargura que se destila en la euforia del jubilo, y que solo emerge cuando se puede confiar, cuando se puede empezar de nuevo. Subsecuentemente, los dos ópalos de ámbar se clavaron en mí, aún no liberados completamente de su resguardo lacrimoso, y me abalanzaron una pregunta inspiradora y lacerante: ¿Dónde habías estado todo este tiempo?
Me costó responder; había exorcizado en el padecer reciente de mi ebrio idealismo toda idea de amor, predestinación e incluso de abrir mi interioridad a nadie que no fuera mi analista. Como buen esquizoide me había invaginado a la interioridad, y sentía irónicamente que siendo un muerto en vida había resucitado a un cadáver. – Siempre estuve aquí- afirmé escondiendo la inseguridad de mi respuesta en una sonrisa. Entonces como Osiris e Isis yo moré muerto, sereno y coronado en el reino de los fallecidos, mientras ella me buscaba desesperada e idílicamente, pero sin ser capaz de renunciar a su consorte espectral, a su investidura de normalidad que ahora empezaba a conflagrar en culpa.
En el desenlace de nuestro romance ratifiqué la inmadurez humana y cómo la belleza la eclipsa temporalmente, pero ya despojado de mi romanticismo, e intrincado a mí despiadado consecuencialismo, decidí jugar bajo sus leyes. No obstante, auguré que sería un feroz Apolo que tarde o temprano liberaría una consciencia ardiente para aquellas decisiones fabricadas en el capricho irreflexivo e infatuado. Mi previsión fue cierta… de nuevo.
Así, hallando pasión perversa en el imago del amante, y amor sincero en el revuelo de mi protección y compañía, ella se fascinaba en el poder delirante emanado de dos hombres queriéndola hacer suya. Por esta razón correspondí a su virtud, y correspondí a su pecado, tal como si se tratara de un reflejo especular en donde la voluntad de poder era inexistente, reverberante y retibutiva. -“Yo voy hasta donde tú quieras intentarlo”- respondí varias veces, clarificándole que no daría un paso más, pero tampoco daría uno menos.
El tiempo pasaba, y sonreía yo en cinismo y tristeza al ver su relación inconclusa y dopada en el histrionismo del condicionamiento, la costumbre, la culpa y la manipulación. En el fondo sentía lástima por ella y su instrumento, pero nunca se lo dije. Sólo me limité a fluir, a responder cuando debía hacerlo, a reírme trágicamente de mi moral y de mi suerte, y a esperar el momento donde la verdad brotaría como una tormenta aplastante y congeladora.
No pasó mucho tiempo para que cierta persona cuya belleza era inversamente proporcional a su inteligencia se cruzara en mi camino: era extraordinariamente bruta (aun así su propósito meramente ornamental se cumplía de maravilla). Sin afán de fingir que estaba saliendo con un “encuentro frecuente tangencial” por la igualdad de derechos bígamos en los que me encontraba , la mujer de ojos miel se percató de ello pero sin compartir mi interpretación. Su respuesta: drama recriminante por supuesta infidelidad cuando ella seguía enmascarada ante los ojos de una sociedad en una relación sana, hermosa, fiel y funcional.
El soliloquio enfurecido rasgó el tiempo vorazmente, y me reveló en asfixiado llanto un amor insospechado, una adamantina y resistente anacoresis y la promesa juramentada de que “las cosas no están tan bien con él como parecen”. Su nauseabunda ironía ya no conjuraba emoción alguna en mí, y mi frialdad agotó sus recursos retóricos certeramente; entonces volvió a intentar transfigurarme en el monstruo desconsiderado y traidor que no había tenido suficiente valía y coraje para esperarla mientras que por su lado ella legitimaba el reconocimiento de su pareja. La verdad: la esperé tanto como ella lo hizo conmigo, le di igualdad, le di justicia, y confieso que odié esa particularidad femenina de transformarlo a uno en el victimario proyectado de todas sus injusticias, esa ironía abominable que aun no entiendo como les permite conciliar el sueño.
Callé mas de 40 minutos mientras sus quejidos oscilaban entre la ternura de una infante desprotegida y la voracidad de una Gorgona, entonces cuando el silencio me lo permitió, tras un grávido suspiro sólo hice una pregunta que catalizó el tan anhelado cierre de la conversación, y de una relación que realmente nunca lo fue.
¿Me quieres porque me amas, o porque quieres sentirte diferente?
Como el Ouroboros, todo empezó por su final…
Y por una pregunta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario